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Algo para pensar y orar en esta semana

Un virus peligroso

En ocasiones somos contagiadas/os por el virus de “¡lo deseo tanto! Tanto quería llegar a ser gerente de mi empresa, o de hacerme notar de esa persona tan atractiva, o de ser millonaria/o, ser reconocida/o como importante, o poseer la mejor casa del barrio, o llevar adelante una vida más exitante. De hecho, a veces nos engañamos a pensar que el objeto de nuestros deseos (el trabajo, el auto, el socio, la casa) realmente nos corresponde, porque lo desamos tanto.

A veces nuestros deseos son buenos indicadores sobre donde necesitamos ir, o qué camino escoger. Pero a veces ocurre que lo contrario es lo verdadero. Lo que tanto deseo puede sólo rascar una picazón de mi ego; pero no ayuda para mis propósitos de vida; incluso podría alejarme de ese propósito. La codicia, el orgullo, o tantas otras faltas, nos pueden debilitar, atraparnos en sus garras, y son más perniciosas porque no estaríamos concientes de cuán hondo han afectado nuestra forma de pensar.
Esto es lo que Ignacio quería decirnos sobre el apego a vínculos afectivos desordenados, que pueden socavar nuestro recto juicio.

Chris Lowney 

 

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