Ajuste
<!--// Del 14 al 20 de mayo de 2006, Quinto Domingo de Pascua //-->
Si realmente deseamos encontrar a Dios en nuestra oración, debemos ser auténticos con nosotros mismos. Necesitamos estar atentos de nuestros sentimientos. Una madre, al ver llegar a su hijo de la escuela, va a saber si viene deprimido, enojado o preocupado, de sólo observar su rostro y su lenguaje corporal. Si le pregunta como está, lo más seguro es que dirá: "bien".
La mayoría de las madres tendrán la intuición y habilidad para ayudarlo a expresar lo que está sintiendo, y luego a recorrer las situaciones que lo causaron, como una mala nota, una pelea con un amigo o una preocupación por el examen de mañana. Recuerdo, como maestra, a una niña que me sorprendió al preguntarme "¿porqué está enojada?"; ella tenía razón, pero hasta ese momento yo no me había dado cuenta que estaba enojada!
Sólo cuando estamos concientes de lo que sucede en nuestro interior, es cuando podemos presentarnos frente al Señor. Entonces puedo sentir mi yo verdadero, conectándose con el Dios verdadero. No se trata de pedir disculpas por nuestras emociones; son tan inocentes como sentir frío y tiritar. Cuando llevo mis sentimientos a mi conciencia, como hace el Salmista con su rabia y su desesperanza, entonces la oración llega a ser auténtica.
La mayoría de las madres tendrán la intuición y habilidad para ayudarlo a expresar lo que está sintiendo, y luego a recorrer las situaciones que lo causaron, como una mala nota, una pelea con un amigo o una preocupación por el examen de mañana. Recuerdo, como maestra, a una niña que me sorprendió al preguntarme "¿porqué está enojada?"; ella tenía razón, pero hasta ese momento yo no me había dado cuenta que estaba enojada!
Sólo cuando estamos concientes de lo que sucede en nuestro interior, es cuando podemos presentarnos frente al Señor. Entonces puedo sentir mi yo verdadero, conectándose con el Dios verdadero. No se trata de pedir disculpas por nuestras emociones; son tan inocentes como sentir frío y tiritar. Cuando llevo mis sentimientos a mi conciencia, como hace el Salmista con su rabia y su desesperanza, entonces la oración llega a ser auténtica.