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<!--// Del 2 al 8 de Julio de 2006 //-->

La vida de Jesús se podía comparar a una lucha contra la enfermedad y la muerte. Era un sanador, y se acercaba a sanar las penurias de los desvalidos, de modo que ellos pudieran olvidar sus males y disfrutar, como Él decía, de una vida plena, como sanó a la suegra de Simón Pedro. Cuando Jesús la curó de su fiebre, ella se levantó de su cama y preparó té. Hay personas piadosas que, frente a un dolor de cabeza, a veces ofrecen ese dolor y hablan de su entrega. Es mejor tomar una aspirina y volver al trabajo.

El dolor y la enfermedad obviamente son malos, algo a contra lo cual debemos luchar. Sin embargo, el Señor nos toca a través de ellos, y llega a veces el momento en que no podemos sentirlo en nuestras oraciones, pero sabemos que nos está formando con nuestro dolor.

Es notable como muchos encuentran la Gracia de buscar toda la ayuda de la medicina, y luego aceptan los dolores que no se van, como el trasfondo de una existencia pacífica – y sin mencionarlos. Recuerden la oración de la monja anciana: “Señor, libera mi mente de recitar detalles interminables – dame alas para llegar a decir lo importante. Sella mis labios sobre mis dolores y penas – ellos son interesantes, y mi gusto por repetirlos se vuelve más dulce a medida que pasan los años. No me atrevo a pedirte la gracia de poder escuchar los relatos de los dolores de otros, pero ayúdame a soportar los míos con paciencia.

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