• Sesión 1. Dios con nosotros

    Quietud

    Usualmente nos preparamos para un encuentro o conversación importante, enfocando nuestra mente y cuerpo de modo que estemos totalmente presentes. Al comienzo de cada sesión, vamos a sugerir un ejercicio de quietud y los guiaremos en su desarrollo. Comenzamos hoy invitándolos a observar vuestra respiración, el ritmo de ella y el sentir y escuchar el sonido de cada inhalación y exhalación. En cada inhalación, enfoquémonos en el aquí y ahora. En cada exhalación, deja ir cualquier tensión o preocupación que puedas sentir, fuera de estar ahí, en quietud, en ese espacio. El Evangelio de Juan nos dice que Dios está con nosotros. Dios está aquí ahora, esperando para colmarte con su gracia y su paz.

  • Juan 1, 1-14

    La lectura de la sesión de hoy es del Evangelio de Juan.

    Al principio existía la Palabra, y la Palabra estaba junto a Dios, y la Palabra era Dios. Al principio estaba junto a Dios. Todas las cosas fueron hechas por medio de la Palabra, y sin ella no se hizo nada de todo lo que existe.
    En ella estaba la vida, y la vida era la luz de los hombres. La luz brilla en las tinieblas, y las tinieblas no la recibieron.
    Apareció un hombre enviado por Dios, que se llamaba Juan.
    Vino como testigo, para dar testimonio de la luz, para que todos creyeran por medio de él.
    Él no era la luz, sino el testigo de la luz. La Palabra era la luz verdadera
    que, al venir a este mundo, ilumina a todo hombre.
    Ella estaba en el mundo, y el mundo fue hecho por medio de ella, y el mundo no la conoció.
    Vino a los suyos, y los suyos no la recibieron.
    Pero a todos los que la recibieron, a los que creen en su Nombre, les dio el poder de llegar a ser hijos de Dios.
    Ellos no nacieron de la sangre, ni por obra de la carne, ni de la voluntad del hombre, sino que fueron engendrados por Dios.
    Y la Palabra se hizo carne y habitó entre nosotros
    Y nosotros hemos visto su gloria, la gloria que recibe del Padre como Hijo único, lleno de gracia y de verdad.

  • Reflexión

    A lo largo de este año de pandemia, muchos nos hemos encontrado distanciados de las cosas que nos anclan a lo que somos, o creíamos que éramos. Esquemas familiares de vida han cambiado, tanto en nuestras relaciones, nuestro trabajo y nuestro esparcimiento.

    A lo largo de este año de pandemia, muchos nos hemos encontrado distanciados de las cosas que nos anclan a lo que somos, o creíamos que éramos. Esquemas familiares de vida han cambiado, tanto en nuestras relaciones, nuestro trabajo y nuestro esparcimiento. ¿Quién o qué nos da el sentido de quién somos en estos tiempos? ¿Quién puede romper la soledad, el aislamiento, la ansiedad y la incertidumbre? El nombre Emannuel significa Dios con nosotros. Eso es lo que Dios es – el que está siempre con nosotros. El Dios que es cercano, sin que nada importe. Nada nos puede separar del amor de Dios en Cristo Jesús.

    Juan nos dice que, desde el mismo comienzo, la más profunda naturaleza e identidad de Dios es ser la palabra, la vida y la luz. Éste es quien Dios es, y Dios desea compartir esa naturaleza e identidad con nosotros. Dios desea hablar, estar en relación con nosotros. Dios desea crear vida en nosotros y en toda la creación. Dios está en mi vida y Dios es mi vida. No hay oscuridad en Dios. Nada en mi vida o en el mundo puede ser mayor que el amor de Dios, que brilla a través de Jesús. Todo el que acepta la Palabra hecha carne, recibe el poder para ser el hijo de un Dios que es paciente y lleno de gracia, que espera que nosotros aceptemos el don de la gracia y la verdad, ofrecidas gratuitamente y sin condiciones.

    El prólogo del Evangelio de Juan nos dice que debemos escoger el aceptar la Palabra hecha carne, o no. Todos los relatos que escuchamos durante el Adviento, muestran a Dios ofreciendo el regalo de su Presencia. María, José, Zacarías e Isabel, sabios y pastores, reyes y posaderos, todos reciben la misma oferta. Frente a lo poco familiar, podemos abrirnos al Dios de las sorpresas, o quedar en silencio frente a la oportunidad, como frente a una amenaza, o abrazarla como un regalo. La elección es nuestra.

  • Habla con Dios

    ¿Cómo me siento al escuchar el Evangelio hablar del plan de Dios para compartir nuestra vida humana desde nuestro interior? ¿Cómo reacciono al pensamiento de la luz de Dios brillando en la oscuridad? Ha existido mucha incertidumbre y ansiedad a lo largo de este año. Quizás me he sentido “en la oscuridad”. Este retiro es la oportunidad de compartir con Dios, cómo esa oscuridad ha desaparecido para mí. ¿Hay algo que haya “llegado a la luz” que no haya observado en mí, en mi vida, mis relaciones y del mundo que me rodea? Tomo un tiempo para saborear las palabras “la luz brilla en las tinieblas, y las tinieblas no la superaron”

    Escucho nuevamente estas palabras: “Él estaba en el mundo que se había creado por Él, y el mundo no lo reconoció” ¿Qué me ha ayudado recientemente para reconocer y aceptar a Dios, presente en mi vida diaria? En tiempos de problemas, puede ser difícil creer que Dios está verdaderamente con nosotros, que estamos en sus manos, pase lo que pase. ¿Las dificultades de este año han desafiado mi capacidad de vivir en la fe, la esperanza y el amor? ¿O he encontrado que ellas crecen en mí, a pesar de todo?

    Juan nos dice que “a aquellos que lo aceptaron, Él les dio poder para ser hijos de Dios.” ¿Qué significa para mí ser receptor de ese poder? Vuelvo mis pensamientos a todas las personas de que dependo: mi familia y amigos, trabajadores que hacen posible mi vida, cualquiera que he encontrado y me ha dado el soporte y la fortaleza durante la pandemia, aquellos que se han vuelto a mí pidiendo mi ayuda. ¿Qué significa para mí verlos como hijos de Dios, mis hermanos y hermanas?
    Pido a Dios que brille su luz de gracia y verdad en mi corazón, de modo que yo me pueda ver y ver al mundo que me rodea, con ojos misericordiosos. Mientras comienza el Adviento, nombro las gracias que necesito y deseo en este momento. Me quedo unos momentos en quietud, permitiendo que la Palabra de Dios eche raíces y se vuelva carne en mí.

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